Espectáculo

Abel Pintos: “Hubo un momento en que debí pedirles perdón a mis padres por mi soberbia”

Dice haber nacido tantas veces como etapas se ha atrevido a aceptar. “Uno puede elegir transitar siempre con el mismo traje pero a mí me ha sentado muy bien dejarme moldear por la vida”, dice Abel Federico Pintos (37). Se refiere a esos ciclos regidos por tantas elecciones. Tal vez por la impronta de una “independencia precoz”, pero siempre “y principalmente” por la familia, donde asegura encontrar “distintas formas de ver la vida, nuevas premisas y varios desafíos diarios”. Porque como explica, “mi trabajo es la bitácora de lo que me pasa como persona, escrita con el idioma que elegí: la música”. En definitiva, encuentra en casa el centro de sus “ejercicios de aprendizaje constante”. Así define “crecer”, precisamente sentado en el living de Plan Divino, su propia compañía (en el primero de los tres pisos que hasta hace poco perteneció a CNN Radio). Un sitio proyectado junto a Marcelo González y Jorge Quinteros, en el que se cocina su hito más inminente: 30 escenarios Ópera de Abel 22 en concierto durante los próximos tres meses. Así también, la idea de producir a artistas emergentes y a otros tantos con recorrido, explorando, además, otras ramas tales como la fotografía, la pintura y el teatro. “Sé que la música me acompañará hasta los últimos días de mi vida –advierte–, pero también que a partir de ella hay un montón de expresiones artísticas y de formas de ver el arte que también me gustaría visitar”.

Abel Pintos en 1985, al año y medio de vida

La familia es tamiz. Articulación. Punto de quiebre y de partida. El “abrazo” de hoy, y el de la itinerancia por ciudades del Sur. Tiempos de Ingeniero White y de Bahía, cuando asistía a los partidos de básquet “para ver cómo era un estadounidense”. Tiempos de Metallica y de Megadeth. Y también de coro tres veces por semana, “un refugio en el que mis viejos me dejaban sabiéndome a salvo mientras laburaban”. Tiempos de golpear las puertas (con solo 11 años) de los dos sellos locales, averiguando cuánto debía ahorrar para grabar un disco. Tiempos de lírico, de zarzuela y del rol principal en Luisa Fernanda. Tiempos previos a la fe de Raúl Lavié, a la apuesta de León Gieco (su primer productor) y a los 14 premios Gardel y los tres de Oro que lo empatan con Charly García (30). Tiempos en los que “la vida se veía a través de los ojos de tus héroes”. Eso resultaba uno de los amigos de la familia, por quién, entre los nueve y los 12 años, Abel quería ser carnicero, como él. “Pasábamos juntos varios veranos. Y fue en su local donde noté el singular respeto que sus clientes le tenían”, recuerda. Pero cuando quiso aprender a cortar carne, Pintos recibió de aquel señor un tajante “no” seguido de una respuesta que acomodó para siempre en todo lo que emprendería. “La gente que viene confía en mí. En que tengo las manos limpias. En que sé cómo prefieren cada corte. En que voy a darles lo mejor”, le dijo. “Y me marcó, me dejó sin palabras”, señala Abel. “En realidad, más allá del oficio, creo que yo quería ser tan íntegro, sabio y responsable como él”.

Abel Pintos, "A SOLAS" - Teleshow
Abel Pintos, a sus 12 años

Orígenes, hacia ahí viajamos. “No tuve una niñez con todo brindado, pero tampoco recuerdo que haya faltado algo”, cuenta. Y entre esas “fotos” que hoy la paternidad hace rever desde otro ángulo, tomaremos algunas. Abel nació con una malformación física llamada pie bot o pie equinovaro. “Tenía el pie con la forma de una empanada”, describe. “Una cuestión de tendones retorcidos, sujetos o tensos. Por lo que tuvieron que operarme casi recién nacido. La cirugía hizo que mi pierna derecha se desarrollase bastante menos que la izquierda. Me pusieron un yeso que llevé durante siete años, con el que aprendí a caminar. Y el peso que eso significaba provocaba que revolease la pierna al andar. Un reflejo que, inconsciente o subconscientemente, aparece cuando estoy cansado y por lo que puede vérseme renguear”. Un episodio que no deja de atravesar su historia. “Tengo que seguir muy atento al tema, porque el paso del tiempo no va a jugar a mi favor”, advierte. “Los hemisferios de mi cuerpo no trabajan de igual modo. Mi cadera, mis hombros, mi columna, todo está constantemente en compensación. Entonces debo estar muy atento. Por eso practico deportes, yoga y elongación. Hace poco aprendí a mover todos los dedos del pie. Y en mi última visita al traumatólogo para el control de plantillas, al revisarme me dijo que por la época de la intervención, y el poco método e información con los que se contaba entonces, me había tocado un médico arriesgado muy atrevido a experimentar”, cuenta. “Realmente yo había tenido suerte”.

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Abel Pintos en sus primeras presentaciones, en 1997

Y en una etapa en la que cualquier diferencia –y más aún física– suele ser blanco de la crueldad, Abel no recuerda más burlas que las generadas por su pasión. Es por eso que define a sus compañeros de colegio como “el público más difícil de conquistar que jamás haya experimentado hasta el día de hoy”. Sus padres le habían prometido apoyo incondicional si él encontraba dónde cantar. Fue así que pidió reunión con Judith, la directora de la Escuela Primaria Nº 58, Día del Camino. Con claridad brutal le dijo: “Pintarse la cara con un corcho o leer un poema en un acto, a todos les resulta un bodrio. Sienten vergüenza, les molesta…”. Y clavó una propuesta de un trato “muy meditado” para entonces: “Yo me ofrezco a ser el embajador artístico de mi curso y me aseguro así, por lo menos, cuatro fechas al año”. Debutó un 17 de agosto, en el homenaje a San Martín, de quien, por otro lado, se reconoce “fanático de su obra”. Y más que los aplausos, capitalizó “una gran lección”. Tanto, que se la recuerda ante toda presentación. “Uno no sube al escenario a conquistar a nadie sino a hacer lo suyo. Una idea que quita presión. Que aliviana la carga. Y que pone el foco en donde debe estar: en la valoración de eso que se hace”.

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Abel Pintos, con su papá

Entre tanto, en esta revisión de sus comienzos, surge la imagen de Raúl, su padre. “Quien hoy, después de haber andado tanto, pelea por su salud”, cuenta Abel. “Ya de muy grande se enteró de una afección en los riñones y hace muy poco empezó la diálisis. Es algo que debía haberle infligido mucho dolor. Un dolor que no sintió”, revela. “Papá es un hombre acostumbrado a hacerse en la calle. Cuando no de camionero, de comerciante, de vender puerta a puerta, en el mundo de los seguros y hasta en un corralón. Es un tipo que anduvo, que pateó hasta el día de hoy. Y la gente que vive así se acostumbra a no registrar los malestares. Fortalecen espíritu y personalidad frente al dolor. Entonces, cuando se dio cuenta, ya era tarde para tomar medidas más drásticas que, en algún otro momento, hubiesen ayudado más. Pero es un hombre fuerte y saldrá adelante”, asegura.

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Abel Pintos y su mamá, Susana Marini

No usará el término “reconstrucción”, porque señala que el vínculo entre ellos jamás llegó a quebrarse. Pero admite “momentos álgidos” que a ojos de hoy, y aún más siendo padre, se tiñen de matices diversos. “Asumir errores, situaciones o responsabilidades, a veces lleva mucho tiempo de ambas partes”, adelanta. “Cuando me vine grande y empecé a preguntarme y a preguntarles cosas, siempre me enfoqué más en los tramos dolorosos de nuestra historia. No sé si para repararlos. Pero como dijo León: se trata de ponerles bronce, dejarlos en una plaza como estatuas y seguir camino, para lograr que esos ecos de momentos malos no intoxiquen aquellos que tenemos por vivir”, dispara. Describe esos tramos como “situaciones que uno acepta durante muchos años y de repente, parado desde otro lugar de la vida, dice: ´Ya no más´. Entonces comienza a indagar”, explica sujeto a su habitual sobriedad. “Por ejemplo, como te decía, mi viejo pasó mucho tiempo fuera de casa. Y hubo ciertas ausencias. Luego entendí que muchas de ellas, en realidad, eran distancias… Pero, en fin, otras tantas efectivamente fueron ausencias”, cita. “Mis viejos y yo hemos hecho un trabajo emocional verdaderamente muy grande. Los admiro, porque a la edad que tienen se mostraron dispuestos a algo tan fuerte, tan movilizante. Aún cuando podrían haberme dicho: ´Mirá, hijo, ya tenemos un camino hecho, si te gusta bien y si no, también´. Pero lo hicieron. También mis hermanos, Andrés y Ariel, mi cómplice en la música. Fue una tarea muy loable que sigo agradeciendo”, dice.

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Abel Pintos junto a sus hermanos, Ariel y Andrés

Raúl solía ser músico del grupo que acompañaba a Abel, “y después, debajo del escenario era mi padre”, dice. “Si bien me sentí muy bien cuidado por él y por mi madre, no dejó de ser para mí una relación laboral durante muchos años. Un vínculo que logré entender tiempo después, cuando terminó, y ellos volvieron a ser exclusivamente mis padres”. Y es entonces donde despunta el motivo de otros tantos interrogantes que se planteó en aquel trabajo emocional del que habló. “Empecé así a preguntarme cómo me percibían en aquellos momentos. Hasta dónde ellos veían en mí a un hijo, a un compañero de trabajo o a un negocio”, revela. “Además, en medio de todo ese contexto laboral, también el dinero se hace un tema. Y cuando uno toma posición frente a la plata, se crece. Aunque también siento que no tenemos una buena cultura del dinero. Que crecemos sin herramientas en relación a él, viéndolo como algo más fundamental de lo que es. En algún punto, molesta. Uno empieza a mezclar las cosas y es difícil salir de ahí. Bueno… Tiene que ver con todo eso”, explica. “Realmente todo lo que hemos revisado con mis padres y seguiremos revisando no es más que un ejercicio emocional en pos del crecimiento”, concluye. Y esa labor no eximió la indulgencia. “El perdón no es una moneda. Pedir perdón es invitar a hacer un proceso juntos. Y aceptarlo o recibirlo es, también, la posibilidad de despertar muchas otras tantas cosas”, define Abel. “Haber arrancado desde tan chico con esta independencia de principios, haber visto que los propios sueños que había estado buscando y todos esos caminos que tomaba crecían, hace que uno empiece a sentirse poderoso. Y eso desarrolló en mí la soberbia lógica”, revela. “Perdés de vista que a veces hay que funcionar como eslabón de una cadena de sucesos. Y que dejar de actuar en consecuencia con otros, y no solo por el bien individual, no es perder libertad. La madurez es buena maestra. Me llevó mucho tiempo comprender ciertas cosas. Pero revisando me di cuenta de que había sido egoísta con mis padres en muchos momentos. Y les pedí perdón por eso”.

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Abel Pintos entre sus padres, Raúl y Susana

Elige ser cauto al hablar del evidente valor que le da a su labor espiritual, porque, según dice, “para quien escuche podría resultar una invitación a creer que uno está en constante actitud de libro de autoayuda”. Acorde a su “inquietud frente a lo inentendible o desconocido”, dice ser “hombre de psicoanálisis y de meditación”, pero también de oraciones dos veces al día. “Desde mi fe estoy conectado con el Sagrado Corazón de Jesús, una imagen que llamó mi atención y me acompañó de cerca desde muy niño”, señala. “Fui educado en el catolicismo, pero de ese contexto religioso tomé y utilicé toda esa cantidad de datos que pudo darme sobre la vida de Jesús, como el hombre que transitó una porción de la historia”, relata. Y de eso se trata. Abel busca miradas. “Me gusta investigar sobre la materia. He leído mucho, desde Deepak Chopra a Eckhart Tolle. Lo que más interesante me resulta es la experiencia de ese ser humano en el viaje que transita. Eso que ha tomado del camino. El ejercicio que propone: ´Mirá, esto me funcionó´, sin perder de vista que, al final de cuento, nada es una verdad absoluta”, indica. “Mi trabajo espiritual en realidad consiste en lograr estar consciente de todo lo que vivo, lo que hago, y hasta de lo que digo”. Así explica lo pausado de su hablar. “Soy ansioso por naturaleza, pero en un momento del trayecto decidí que la impaciencia no me controlara más. La serenidad, o la paz que se me puede adjudicar, es una es un ejercicio, una elección. Aprendí a pensar antes de hablar, para revisar y escucharme bien mientras digo”, cuenta. Abel es un buscador de herramientas para el taller de sí mismo. “Chopra también debe echarse sus puteadas cada tanto”, dice. “Pero lo que seguramente logra Chopra es desprenderse de esa calentura durante el resto del día. Es importante saber que en el devenir diario uno puede atravesar el drama, el dolor o la dificultad, sin olvidarse del derecho a sentirse feliz”.

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Abel Pintos y Mora Calabrese

Revisiones y perdones también vuelan bajito en los terrenos del amor. Abel admite haber sido “tóxico” en la génesis de su relación con Mora Calabrese (33), una administradora de negocios y casi orfebre, con quien, desde 2018, comparte la vida y “un amor basado en la aceptación de lo que somos y traemos”, describe. “En cierto punto me di cuenta de que, parado en una instancia muy distinta de mi historia, había tenido muchas actitudes que le provocaron momentos dolorosos”, describe. “Hasta que decidí correrme de ese sitio. Porque yo siempre tuve muy en claro qué clase de hombre necesitaba ser para recorrer un camino con ella”. Pero comencemos por donde se debe, el inicio. Se conocieron en 2013, en el contexto de uno de sus shows en Pampa del Infierno, Chaco. “Sí, a ella le gustaba mi música… Y yo le gustaba también”, cuenta con gracia. “Sin embargo no era seguidora ni siquiera había ido a un concierto, jamás. Aquel había sido el primero”, relata. “Esa noche, ella estaba ahí haciéndole la gamba a una amiga que trabajaba en la compañía auspiciante. Claro, sin tener la mínima idea de que esa comisión iría a saludarme a la casa en la que estábamos hospedados, porque esa vez todos los hoteles estaban colapsados. Fueron solo diez minutos. Diez minutos que cambiaron mi vida”, revela. “No sé si eso fue amor, huella, marca o como quiera llamársele. Pero sentí que algo en mí se modificaba. Esa mujer logró movilizarme en cuestión de diez minutos. Fue una sensación a la que le busqué explicación racional durante mucho tiempo y que finalmente hoy, en su trato, en sus gestos, en sus actitudes, se la encuentro a diario”. Pero Mora estaba casada.

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Abel Pintos y Mora Calabrese se conocieron en 2013, pero no fue hasta 2018 que decidieron iniciar una historia de amor

“Fue así que durante dos años simplemente anduve sabiendo que existía una mujer con ese poder sobre mí”, cuenta Abel. “Ella estaba muy presente en mis pensamientos y yo era incapaz de alejarme de mi convicción: no era una circunstancia posible, pero sí ´la´ persona’”, declara. Hasta que la casualidad o el destino, según creamos, volvió a encontrarlos. “Entonces supe que ya se había divorciado. Y no fue ahí que comenzó esta aventura”, advierte. “Aún cuando en aquel momento no había sido posible ningún tipo de acercamiento por su situación civil, a Mora y a mí hoy nos gusta entender que nuestra historia inició con una cuestión más metafísica que un clásico beso. Es por eso que seguimos celebrando con la fecha de aquel día en que nos vimos por primera vez”, revela. En definitiva, y a pesar de las certezas, es aquí donde se sitúa ese episodio de la toxicidad. Y traduce el “daño” en “ausencias”. Porque como explica: “A mí me costaba mucho soltar la idea de poder conocerla y relacionarme, pero al mismo tiempo no estaba listo. Sabía que el modo que tenía de vivir, de manejarme y de comprender ciertas cosas, no compatibilizaba con la idea de vínculo que quería tener con ella”. Así comenzaron “las ideas y vueltas”, menciona. “Eso que había comenzado a pasar no era ni positivo, ni sano”. Hasta que pudo observarse, reaccionar y entender. “Y cuando todo volvió, volvió con más fuerza que nunca. Supe que era el momento de mirar hacia otro lado. Encontré mi espacio”, dice. “Y se dio una cuestión de synchro-destino. Nos reencontramos sin planificación alguna y estuvimos listos para siempre”.

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Abel Pintos en familia, entre Mora, Guillermina y Agustín

El Universo cabe en su casa chaqueña. “La pandemia nos enseñó a ver la distancia de otro modo. Nos ayudó a entender que vivir en Pilar (Gran Buenos Aires) significaba estar lejos de todos. Mi familia está dispersa en distintos lugares. Y la de Mora, que también es mi familia, está toda en el Chaco. Y entonces, dos meses antes del nacimiento de mi bebé, decidimos instalarnos en Resistencia para estar cerca, al menos, de uno de los hemisferios familiares”, explica. Y es esos lares donde la vida resulta. Por ese entonces, la decisión de ser familia se tomó de a tres y la voz de Guillermina (14), hija de Mora, fue decisiva. “No quería ser ni el protagonista de este núcleo ni ´el novio de mamá´. Necesité que funcionáramos como familia y ellas aceptaron acompañarme en ese proceso de revisión tan movilizante que luego se reflejó en canciones y en un cambio estructural a nivel laboral”, describe. El amor en mi vida, su último disco, es el compendio de las sensaciones, lecciones y conclusiones de aquel comienzo. Guillermina –”que a veces me dice papá”, cuenta– fue más que la antesala de su paternidad. “Yo me sentí papá en el instante en el que ella propició ese espacio con sus actitudes, con su corazón y con sus palabras, porque tengo con ella inmensas charlas”, dice.

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Abel Pintos y Guillermina, su hija del corazón, como llama a la hija de Mora, su mujer
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Abel Pintos y su hijo, Agustín

“Ser papá de una adolescente es tan vertiginoso como de serlo de un recién nacido”, dispara Abel. “Porque todo está por descubrirse. Todo está gestándose. Sus capacidades intelectuales y emocionales empiezan a ponerse a flor de piel. Comienza a correr sus límites y a ponerse los propios. Y en el otro extremo, Agustín (18 meses) está en lo mismo. Por lo que a diario los veo explorar y descubrir”, cuenta. Respecto de la principal intención de la educación que imparte, Pintos revela una pregunta recurrente que suele hacerse frente a sus hijos: ¿hasta dónde el recorrido en el camino propio funcionará en el de ellos? “Y volviendo a mi familia, me respondo: apoyo y compañía. Esa es la clave, estar sin presionar. Mirar de cerca cómo atraviesan sus propias experiencias, intentando marcar caminos pero sin fin. Son premisas y conceptos que, en el vínculo con los hijos, hay que revisar a diario. Porque hay que ser tan ágiles como las dinámicas con las que crecen”, sostiene. “Este ejercicio tan extraño de impartir experiencia no es sencillo de llevar ni de explicar”. Pero que, sin dudas, está dispuesto a “loopear”. “Claro que tengo ganas de volver a ser papá tantas veces como Dios lo quiera y Mora así lo disponga”, señala. “El proceso de su embarazo vivido de cerca cambió la idea de maternidad tal como la tenía entendida”, revela. Tan fuerte ha sido que una noche soñó que jugaba a las escondidas con su pequeño. “No lo veía concretamente, pero lo presentía corretear y esconderse”, un pasaje onírico que dio vida a su canción “Piedra libre”. El hilo nos conecta a la sala de partos en la que, el 21 de octubre de 2020, nació su hijo. “Fue ciencia ficción”, detalla. “Es extraño ver salir a un ser humano de otro ser humano, pero lo que viví a nivel emocional superó todo. Fue un enlace directo a lo esencial de la vida. Verme en ese lugar, en ese momento, me llevó a decir: ´Aquí está Dios y estoy yo, también´. Otro cable más me ligó a la fe y lo que hasta entonces había entendido como Dios estaba expresándose ante mí”, relata. “Eso fue ver nacer a Agustín”.

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21 de ocrtubre de 2020, Abel Pintos y Mora Calabrese recibieron a su hijo Agustín en una clínca del Chaco

Hablamos de la intensidad del artista y de cierta fantasía de brío pasional puertas adentro. “No sé cómo le resultará a Mora, pero yo me considero un intenso emocional”, dice Abel un poco a risa, un poco en serio. “Sí, soy un tipo romántico. Me gustan los rituales de pareja. Ella y yo nos proponemos y tenemos un momento diario. En distintas situaciones, de distintos caracteres y grados de intimidad. Nuestro encuentro a solas. En un día repleto de actividades, por ejemplo, nos citamos en un café. Así sean diez minutos. Y después nos vemos a la noche en casa. Eso, a mí, me parece muy romántico”, cuenta. “Porque soy romántico, en las formas y en general. Me gustan los libros. Me gustan los discos. Me gustan las escenas. Cuando me siento a leer en casa, no lo hago en cualquier lugar. Me siento en mi sillón de lectura, con mi tecito o mi vaso de whisky… ¡Y el vaso de wisky es uno biselado de determinada manera! Busco el romance en lo estético. Me fascinan los perfumes… Pero más me gustan sus frascos. Y no solo busco las fragancias que me gusten, también las ediciones especiales (risas). Sí, soy romántico”, suelta con dejo de resignación y no menos orgullo.

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Abel Pintos

Frente a su escritorio, y sobre el perchero del que penden prendas icónicas y particulares del estilo que ha creado para sí, apila sombreros. Decenas. Diversos en diseños, géneros y colores, que sobrevivieron a conciertos y a su generosidad: “Porque he perdido y regalado más de los que conservo”, asegura. En 2009 decidió cercenar los rulos distintivos de su imagen. Se rapó. “Fue un impulso muy hormonal, como el momento álgido que atravesaba”, explica. “Por entonces comenzaba a interpretar la estética como otra herramienta más de mi comunicación. Sentía la necesidad de comenzar una etapa nueva. Con distintas dinámicas y contextos labores. Eran tiempos claves en los que decidí emprender un camino de shows y producciones propias, más allá de las oportunidades maravillosas que hasta entonces me habían brindado los festivales. Aún cuando podría significar poner en riesgo mucho de todo lo que había construido”, dice. “Pero no sabía que el pelo no volvería a crecer… Me di cuenta de que el dibujo en mi cabeza iba a ser muy distinto. La imagen ya se había instalado. Y la adopté definitivamente. Me ocupo de cómo me veo, claro. Pero nada tiene que ver con el modernismo ni con estar subido a ninguna ola de consumo, sino a la expresión muy personal de lo que me sucede emocional y profesionalmente”. Y lo dice mientras, a metros de donde conversamos, se ultiman detalles de exquisita ambientación en el gran salón de producción destinado al equipo que, hasta el momento, ha hecho posible la realización de la Misa Criolla en el Teatro Colón, del evento Homenaje por los 100 años de Piazzolla, del especial sobre su vida que se verá muy pronto y que define la programación cultural del Tronador de Mar del Plata.

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Abel Pintos, apasionado por la lectura

Abel quiere ser licenciado en Psicología. Su primera sesión fue a los 14 años. “El terapeuta me dijo: ´Este es un espacio para vos, nada de lo que digas saldrá de aquí ni será juzgado´. Ese día no solo entendí la importancia de contar con un marco así y con las herramientas de las que me proveyó”, cuenta. Esta práctica terapéutica, el método de investigación propuesto por Freud y “su poder de abrir caminos”, lo maravilló. En definitiva, y con tal fin, se propuso terminar sus estudios secundarios. “Van lento. Al principio costó quitar la telaraña, volver a entrar en calor, que el músculo responda”, suelta con gracia. “Pero no voy a dejar de internarlo todas las veces que fuese necesario”, señala. “Lo hago año tras año y nunca pierdo el deseo”. Son nueve las materias que adeuda. “Me preparo solo, a través de una web. Y el sistema permite entrar en foros de consulta en los cuales es posible volcar cierta cantidad de preguntas”, explica. “Hace algunas semanas empecé a estudiar las primeras asignaturas que propongo rendir primero: Biología, Psicología y Educación para la salud. Tengo la ilusión de llegar a la mesa de examen del mes de junio”, revela. Como también, la ilusión de editar un libro. Abel escribe, “aunque no me considero especialmente talentoso”, señala. “Trabajo formalmente en eso”, dice respecto de sus textos “bastante autorreferenciales, porque no responden necesariamente a lo biográfico”, describe. “Diría que se tratan de sensaciones, como si fuese algo más de costado… A mí me gustan mucho los ensayos, por eso de la estructura de pensamientos, de opinión, de emociones más que de formas líricas. Pero aún todo está en una etapa de borrador. No tengo muy claro cómo abordar el desarrollo, entonces solo escribo. Tengo brotes de ideas que voy volcando a lo bruto. Sé que en algún momento deberé sentarme a revisar y a poner en orden. Porque en el orden nace la continuidad”, dice. “Hoy aprovecho esos instantes que voy encontrando cuando me cuesta dormir. Por ahí paso madrugadas enteras desvelado sin poder lograrlo”, cuenta. No ha adquirido aún un hábito formal. Ese que dice advertir en sus autores preferidos, como Julio Cortázar, Ken Follett, Paul Auster y Karl Ove Kanusgård, de quien señala: “En uno de sus libros cuenta que alquiló un piso cerca de donde vivía solo para ir a sentarse y escribir. Esa es la rutina que todavía no consigo”.

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Abel Pintos, en su casa

Resistencia lo abstrae. “Me conecta a otro mood”, dice. Puso “en pausa” el GTA (Grand Theft Auto), “un juego de los que menos me aburren y al que de tanto en tanto vuelvo como si fuese la primera vez”, define. Y “aunque estalle”, el celular puede esperar, porque “lo principal lo tengo a metros”. Según explica “ese no es un sitio circunstancial, es mi casa. Nido de mi mente, de mi corazón, de mi núcleo”. Abel afirma haber descubierto ahí otra conexión con sus deseos. “Durante mucho tiempo, por las circunstancias de mi andar, he sido un hombre sin tradiciones”, se sincera. “Y en este contexto, por ejemplo, disfruto de levantarme bien temprano cada mañana y desayunar con folclore sonando de fondo. Como si cumpliese con mi cuota de origen”, dice. “Mi percepción cambió. Tengo espacio y aire suficiente para ver otras cosas que por ahí, antes, no buscaba o no deseaba. Hoy mantengo pequeñas rutinas que me hacen bien: duermo siesta, guardo mi horario para sentarme a tomar un cafecito y para una charla. Ya no vivo en improvisación absoluta”, señala. Su relato nos adentra a una versión cruda, muy poco compartida. “¿Qué hacés cuando nadie te ve?”, pregunto mientras tanto. “Realmente en los momentos en los que nadie me ve, esos de soledad literal, sin familia ni ningún otro alrededor… En esos momentos, paradójicamente, canto y bailo mucho”, revela. “No necesito ni poner demasiada música, me basta con dejarme llevar por lo que esté pasando en mi cabeza”. Pero respecto de ese talento como bailarín, Abel bromea: “¡Me tengo más fe como golfista!”. Sí, Abel dedica tiempo al golf, una práctica que se lleva bien con su ser estructurado. “Estoy tomando clases y cada tanto juego si es que voy con un amigo invitado por algún club. Pero aún no entro a torneos ni a nada que se le parezca, porque ni siquiera tengo hándicap y no quiero empezar a generarlo hasta que no me sienta cómodo y seguro en la práctica. El deporte como disciplina me sienta muy bien”.

entrevista a Abel Pintos
Abel Pintos, con Teleshow (Fotos: Cristian Gastón Taylor)

Durante años padeció un sueño recurrente. “Una especie de pesadilla tempestuosa”, corrige Abel. “Cada mañana, tengo el hábito de vocalizar mientras cepillo mis dientes. Y de pronto comencé a soñar que estaba haciéndolo, parado frente al espejo, y me quedaba sin voz. No me salía. Intentaba y no podía. Una situación desesperante”, describe. “Y desde hace algún tiempo desapareció. Dejé de tener esa pesadilla una y otra vez”, cuenta. En pos de su habitual búsqueda de respuestas, sorprende diciendo: “Esbozar una explicación sería algo bastante relativo. Pero me gustaría creer que tiene relación con mi familia”, revela. “Hasta aquí había vivido convencido de que si no podía cantar no sabría qué hacer. Y no cantar significaba que una gran parte de mí, moriría. Entonces debería encontrar la forma de volver a nacer”, dice. “Hoy, tengo muy en claro que a pesar del dolor que aquello pudiese provocarme, ya tengo otra misión más importante: criar a mis hijos, cuidar a mi familia. Motivo de sobra, y eterno, para mantener todas mis partes muy vivas”.

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