Espectáculo

Fer Vázquez: el sueño premonitorio que le anticipó su delicado accidente y el guiño del destino que no evitó la tragedia

Fer Vázquez prepara cada detalle del show de Rombai el 29 de octubre en el Teatro Ópera con la misma obsesión con los que ideó desde su habitación adolescente de Montevideo el fenómeno de la cumbia pop.

Pasaron menos de diez años de aquella irrupción junto a Marama que los llevó a los escenarios del mundo y que terminó con peleas y demandas judiciales. Una experiencia traumática y frustrante, pero que hoy observa con una óptica diferente. Y en eso tuvo mucho que ver el accidente que lo ubicó al borde de la muerte, cuando la camioneta en la que viajaba sufrió un choque, impactó contra un poste y lo tuvo dos meses postrado en un hospital de Miami.

Es una gira muy especial para el artista, en el marco de la reconstrucción mundial de la escena post pandemia y de la propia, a un año y medio del accidente. Resiliencia Tour es el nombre que se impuso por su propio peso, para reflejar un tiempo que lo obligó a hacer un curso acelerado en fortaleza anímica y en el autoconvencimiento para mirar hacia adelante. “Los problemas están, y siempre va a aparecer uno nuevo. Hay que estar con esa energía positiva y pensar que las cosas van a estar mejor que antes”, dice Fer. Y pone su propia historia como ejemplo.

El accidente significó un cambio de perspectivas en la vida de un joven exitoso cantante de pop. Empezó a valorar las pequeñas cosas de la vida, esas que no sabía que eran importantes hasta que ya no las tuvo. La salud, ni más ni menos; también cantar y hacer música. Y entendió que cada situación tuvo un por qué. Y entre sueños reveladores y una fuerza de voluntad inquebrantable, logró volver a caminar en tiempo record y sintió un nuevo renacer: “Si me pasó es porque me tenía que pasar, porque realmente necesitaba ver cosas que quizás no estaba teniendo en cuenta”, admite.

La noche previa al accidente, Vázquez tuvo un sueño que no tardó mucho en interpretar, para transformarlo en uno de los motores para su recuperación y en el primer eslabón de una cadena de revelaciones. Viajaba en el mismo auto y en el mismo asiento en el que se estrellaría un día después. Todavía no sabe bien por qué, pero de repente sintió un susto grande, un sobresalto. Se bajó del auto sin entender lo que pasaba y se alivió cuando se dio cuenta de que era una pesadilla.

Al despertar el asunto seguía rondando en su cabeza, y se comunicó con Andrea, una mujer con la que realizaba ejercicios de meditación. “Tengo una mala energía, me siento pesado y me gustaría hacer algo”, le dijo. Ella le propuso pasar la consulta para el lunes y hacer una limpieza energética a distancia, entre Miami y Uruguay. Se tuvo que conformar con eso y a la noche salió a bailar con la mala vibra dando vueltas. Se subió al auto en la parte de atrás y quizás por instinto buscó otro asiento, pero antes de arrancar se sumaron unas amigas que lo obligaron a correrse al lugar que el destino tenía marcado para él.

Lo siguiente que vio Fer es cómo un auto que cruzó con la luz roja los impactó, haciéndolos chocar contra un poste, a centímetros de su posición. Esos centímetros que le permiten estar acá, contando su historia, que por entonces presentaba un diagnóstico para nada alentador: “Me terminé quebrando siete vértebras, el cuello, el hombro, el dedo, me abrí todo el brazo. Me abrí la cabeza. Se me formó un coagulo en una pierna, y también analizaron si cortármela o no”, enumera con una naturalidad que estremece, propia de un hombre que volvió de la muerte.

El músico se despertó en el hospital con el ardor del alcohol en las heridas. Los médicos trabajaban quitando los vidrios y por momentos creyó que seguía soñando. Pero no, esta vez todos esos malos presagios se acababan de hacer realidad. Como un acto reflejo, sacó su celular para llamar a los amigos que viajaban con él. “Cuando supe que no había muerto nadie, me volví a desmayar. Mi cabeza se quedó tranquila y me volví a desconectar del mundo”, relata.

Se volvió a despertar con los gritos de la cama de al lado, que penetraban en su sueño, y reconoció la voz enseguida. “¿Pame, sos vos?”, preguntó una, dos, cinco veces, buscando confirmar que se trataba de una de las chicas que viajaban en el auto. Nadie le contestaba y le salió un grito de adentro. “Tranquila, vos y yo vamos a caminar por la playa y vamos a estar bien, te lo prometo”. Parece el guion de una película dramática que se estaba rodando en tiempo real. “Sentía en mi corazón una fe muy grande. Y de hecho, terminamos los dos caminando por la playa”, justifica, spoileando parte del final.

De vuelta a la habitación del Hospital Jackson de Miami, el cantante empezó a transitar su camino de sanación, un equilibrio frágil y experimental entre lo que le dictaban sus sueños y el choque irremediable de la realidad. “Nunca me sentí víctima”, asegura. Y con este semblante, explica el sinuoso camino de la recuperación.

Los primeros días en el hospital los transitó entre la nebulosa de la morfina, la droga que le mitigaba el dolor y también lo hacía volar. Allí tuvo otra revelación, que él llama “la segunda idea loca”, cuando cuatro hombres de túnica larga se le acercaron con un mensaje esperanzador: “En dos meses vas a estar bien”. Paralizado en su cama, con la mitad del cuerpo roto, era la noticia que quería escuchar, aunque la alegría le duró solo un rato. Cuando llegaron los doctores, se informaron del cuadro y le estimaron una recuperación de seis a ocho meses. “¿Cómo ocho meses? Si me acaban de decir dos”, los enfrentó. Los médicos miraron azorados a ese joven que acababan de conocer y que imaginaron delirando por los efectos de los sedantes, y siguieron con su recorrido de rutina.

Con ese cuadro de situación, Fer pidió que no le suministraran más morfina. “Alucinaba tanto que tenía miedo de volverme loco”, explica. Se olvidó de ese episodio hasta que volvió al hospital para un chequeo de rutina. Otra vez las horas eternas de espera, ese tiempo en la sala que también le enseñó a mirar al costado y ver que siempre se podía estar peor. Que, en el fondo, era un agradecido de estar vivo. Hasta que escuchó su nombre por el altavoz. “Tu recuperación fue fantástica desde todo punto de vista. No te vamos a decir que ya podés hacer vida normal, pero con fisioterapia para el hombro y un par de cositas más ya podés empezar a hacer deportes”. ¿Y esto? ¿Era un sueño, una alucinación o era realidad? Fernando no sabía cómo reaccionar. Manoteó el celular, miró la fecha y el calendario: marcaba 1° de julio, dos meses exactos de la aparición de los cuatro hombres de túnica. “Entendí que no estaba alucinando, era otro mensaje que me daba aliento y me ayudaba”, explica.

—Vos sabías que todo iba a estar bien. ¿Los médicos también sabían que todo iba a estar bien o en algún momento peligró tu vuelta a caminar?

—Peligró. Me hicieron análisis. Nadie me dijo que iba a volver a caminar desde el primer minuto. No, duró un tiempito. Pero si bien tenía fe en que iba a volver a caminar, también me decía que, si me tocaba estar en silla de ruedas, iba a dar lo mejor de mí para afrontar la realidad tal cual fuera.

—¿Te había pasado alguna vez recibir este tipo de mensajes como el de antes del accidente?

—Me había pasado varias veces, pero quizás no le prestaba tanta atención. Cuando buscaba cantantes para Marama y vi un video de Agustín (Casanova), supe que íbamos a ser la banda más importante de Uruguay. Son sensaciones, y a veces hay que escucharse a uno mismo.

—¿Les veías a Marama y Rombai el potencial para ser el furor que terminaron siendo?

—Tenía muchas ganas y una autoestima para lograr las cosas que logramos. Cada uno tenía sus diferentes talentos y nos complementábamos, por eso hacíamos un montón de cosas juntos. Y siento que en conjunto teníamos una fuerza más importante y por eso íbamos logrando cada vez más objetivos. Ahora pasa lo mismo: fijate que la escena argentina de los nuevos talentos, la unión hace la fuerza y cada uno pone su energía, su club de fans.

—¿Económicamente les fue muy bien?

—Sí.

—¿Ahorraste o qué hiciste?

—Ahorré. En mi casa siempre fuimos muy cuidadosos con eso, no faltaba nada, pero tampoco sobraba. Siempre tuvimos los pies en la tierra con el manejo del dinero, y eso es muy importante porque hoy te puede sobrar la plata, pero capaz mañana te puede faltar.

—Bueno, me imagino que eso ayudó durante la pandemia y el tiempo que tuviste que estar un poquito guardado por el accidente.

—Totalmente, porque la industria de la música estuvo parada casi dos años y fuimos los últimos en incorporarnos. Pero no me puedo quejar porque me ha ido bien con lo que yo amo y nunca pensé en la guita. La guita vino como en consecuencia a todas las cosas creativas y locas que yo me imaginaba. Ahí estaba mi foco, y lo otro venía solo.

—¿Te acordas qué hiciste con la primera plata importante que ganaste?

—Me compré un colchón (risas). La primera vez que salí de gira tenía 16 y yo tenía un colchón de una plaza, obvio como todo niño, y dije: “Faaaa, se me cae la novia ¿me entendés?” (risas). ¡No podíamos dormir juntos! Tampoco mis viejos me dejaban, pero por lo menos para dormir la siesta. Y junté plata en una gira y me compré un colchón de dos plazas. Después me pude armar mi estudio y comprarme mi primer auto. No uno de alta gama. pero era un auto lindo.

—¿No había una necesidad de ayudar a tus papás?

—No. De hecho, me sentía un poco culpable de no aportar a la casa, sumarme a la olla. Mi viejo no me dejaba, quería que yo estudiara y que no le prestara tanta atención a esa parte. Pero desde los 16, 17 años que nunca más les pedí guita.

—¿Cuesta más poner límites a un adolescente que tiene su propia plata?

—No. Yo era un pendejo responsable y tuve una crianza sólida.

—¿Les diste dolores de cabeza?

—Alguna vez pude haber llegado borracho, pero no soy un tipo que se va por el mal camino.

La gloria, y después

Las cosas no terminaron nada bien en aquella avanzada de cumbia pop que desde Uruguay conquistó el continente. Fer cantaba en Rombai y era el cerebro musical detrás de Marama, el grupo más popular, liderado por Casanova. Compartieron escenarios, giras y hasta la pista de ShowMatch, donde mostraron los primeros chispazos.

Lo que en principio parecía ser una pelea divertida y hasta marketinera, rendidora en el ambiente musical desde tiempos inmemoriales, terminó en demandas millonarias, citas en tribunales, rupturas amorosas y afectivas, y la tristeza irremediable de los sueños cuando se terminan.

—¿Cómo quedó la situación judicial con Marama y con Agustín?

—La verdad que bien. Nunca se llegó a la Justicia, sino que se pudo resolver antes y ya cada uno está por su lado. Y hoy lo miro desde un lugar de madurez y nos va a todos bien. Tanto a los que estábamos en Marama como los que estábamos en Rombai. Agus la está rompiendo en Marama. Emilia Mernes la está rompiendo como solista. Camila Rajchman la está rompiendo como periodista en Uruguay. Yo sigo en Rombai. También tengo mis logros personales. Y al resto de los que formaban parte, que quizás no eran tan imagen o tan líderes en el proyecto, también les va bien.

—¿Te llamaron después del accidente?

—No. Pero tampoco me duele la situación. No tenemos una relación cercana como para que me manden algo. Si me preguntás si yo hubiese hecho otra cosa…

—Pero en algún momento tuvieron una relación muy cercana. Ustedes viajaban juntos. Con Emilia hubo una relación sentimental. Estuviste muy grave…

—No lo hicieron, pero no los juzgo tampoco por ese lado. Entiendo que cada uno está en la suya y entiendo que también yo lo sané por completo. No sé cuál es la situación de ellos. Realmente no lo sé.

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