Espectáculo

“Historias de cuarentena: La chica del 12 E”, en una nueva entrega de los cuentos de Facundo Arana

Facundo Arana (Foto: Mario Sar / Teleshow)

Al principio de la cuarentena todo era más llevadero y ruidoso, porque no había hora en la que yo no hablara con alguno de mis amigos o familiares. No es que tuviera la gran agenda, pero entre trabajo, reuniones virtuales y series, pensaba que en mi soledad me reinventaba todo el tiempo. Reinvención de cuarentena. En fin. Incluso entrenando con distintas aplicaciones desde el smartphone. La música, la mediatarde rara con mates, y la tardenoche como terminando un día que no fue. Y entonces las luces de todos los edificios que dan al pulmón de manzana empiezan a prenderse. Los filmé en cámara rápida y todos los días subí mis imágenes a las redes. Ya me las iban comentando. Veo todas esas casas en las que hoy solo hay gente en cuarentena. Todos viviendo lo mismo. Qué loco todo… Incluso salí un par de veces por fuerza mayor hasta el banco. Con todos los recaudos. Hasta me acuerdo de la señora que me tosió cerca y la sensación de impresión cercana al asco. ¡Repulsión! Salté como tres metros. Con lo hipocondríaco que soy, me duró cinco días el susto.

Semanas después, ya mi trabajo corre peligro. Trabajo en una empresa que emplea 60 personas, y su dueño no tiene mucho más resto. Se niega a soltarnos la mano. Nos llama cada día, se preocupa por todos. No sabemos qué irá a pasar. Ya me aburrí de filmar las tardesnoches del pulmón de manzana. Ya no me las comentaban. Y no tengo más series. El mate pareciera estar siempre lavado, aunque le cambio la yerba. No hablo con casi nadie. Como si fuera un ermitaño..Y noté que pasan varios días que no me afeito y no me saco el pijama..

Dejé de entrenar. Me paso el día entero viendo en el teléfono cómo un portal de noticias actualiza y sube información a la red a un ritmo impresionante. Y por las noches, un chiquito grita las buenas noches y todos le contestan. Se hizo popular en todo el pulmón. Divino. Es al único que saludo prendiendo y apagando la luz.

Y a los cincuenta y tres días ocurre…

Me despierto en la mitad de la noche. Empapado. Medio confundido. Tengo fiebre seguro, y por supuesto: me la tomo y sí. Hago la cuenta rápido. Los días pasados, entre el episodio con la tipa del estornudo y el presente: 12 días. ¡La puta madre! ¡Me contagió el coronavirus! ¡Lo supe siempre! Me siento cansado… ¡Todo! ¡¡Todo mal!! Mi cuerpo sabe que es coronavirus. Y si mi cuerpo sabe, ¡es porque es! Por supuesto, no duermo más. Me quedo puteando a mi suerte. Al principio casi muriendo, y después recordando que tal vez no vaya a morir. Tengo 31 años, así que no soy de riesgo. Pero la verdad es que me siento súper mal…

Entre pensamientos de “me muero” y “menos mal que no tengo más años”, se hacen las siete de la mañana. Empiezo a preparar el ánimo para llamar a no sé qué número y que me vengan a buscar para llevarme, o no se qué. Esto de tener coronavirus era tan obvio… Tanto pensar “que no se me pegue que no se me pegue…”. Tengo hasta la estampita de mierda. Le prendía velitas. ¡La puta madre!

Decido levantarme y salir al balcón, ni sé por qué. Pareciera que en épocas de coronavirus todo el mundo duerme. No hay ni un indicio de humanos a la vista. ¡Ni uno! En todo el pulmón. Ni ruido de autos, ni de aviones. El planeta debe estar contento que todos nos vamos a morir de esta mierda.

Estoy en ese pensamiento negro cuando de golpe miro a la derecha porque sí, y la veo. Una vecina subiendo a la baranda, pasando del otro lado: “¡Eeeehhhh, EEEEHHHH! ¡Pará, pará, parááááá´! ¡Flaca! ¡Flaca, mirame! ¡¡Miráme!!”.

No sé cómo reaccioné tan rápido. Soy cero valiente y mi hipocondría haría que mi cabeza explotara sola mucho antes que la de ella contra el piso de solo pensar lo que está por pasarle si salta, o si se cae. Entiendan. Vivo en un piso 12. La chica ese está a dos balcones. Es “la del 12 E". Yo vivo en el G. "¡¡Flaca!!”, le vuelvo a gritar, firme.

Ella me mira.

—¡¿Qué hacés?!

Se queda quieta y me sigue mirando.

—¡¿Qué hacés?!—, le tiro más firme. Sin saber por qué, ¡me estoy metiendo en algo que me queda tan inmenso!

Me mira. Quieeeeta se queda. Está del otro lado de la baranda, parada en el borde y mirándome, agarrada normal. Sin temor. Se mira las manos tomadas suavemente del pasamanos. Como que se mira los brazos, se mira toda ella. Lentamente. Y me vuelve a mirar. Como diciendo: “¿Sos boludo?”.

Insisto despacio y un poco más sereno, pero muy firme: “¿Que hacés..?”.

Este último “¿Que hacés…?” me salió medio forzado y exagerado para llenarlo de verdad, y quedo expuesto en una posición poco convincente y medio ridícula, tipo Hamlet que no pudo ser.

Nos quedamos congelados. Y con mi coronavirus en esa posición expuesta y tremenda. Ella, al borde del abismo.

Nos quedamos mirándonos.

Pasaron unos veinte segundos. Eternos, en los que el tiempo pareció detenerse.

Sigo en mi posición Hamlet.

Empezamos con una mueca insólita. Ella primero. Rarísima mueca interminable. Es hermosa. Yo, respirando hondo. Y nos empezamos a tentar. Y nos reímos a carcajadas por unos segundos…

Y quedamos en silencio.

Sigo yo.

—Tengo coronavirus y tengo mucho mucho miedo…

Me mira. Sigo.

—Te lo pido por favor. No voy a pararte si vas a saltar, ¿pero no serías tan genia de venir a tomar un mate conmigo? Después saltás. O si querés, saltamos juntos. Pero por favor, ayudame, que tengo mucho miedo…

Se me queda mirando. Mira sus manos. Creo que mira el vacío.

Luego de unos instantes, ella: “Hasta que pegaste el grito, estaba como en trance, segura de lo que iba a hacer y no me daba nada de miedo…”.

Me vuelve a mirar. Y sigue:

—Ahora, para terminar de cagarla, te cuento que sufro de mucho vértigo…

—¿Mucho vertigo?

Asiente. “Toneladas de vértigo…”

Quedamos callados de nuevo.

Yo: —Por favor…

Me mira largo, y dice:

—¿En serio me hacés un mate?

Asiento.

Se queda mirándome. Me toca mover. Asiento otra vez lentamente.

Me meto en el living.

Pasan unos interminables segundos. Carajo. Soy hipocondríaco. ¿Saltó? Y mi mente sabe, imagina perfecto..

Sus brazos se despegan del cuerpo buscando las manos asirse de algo que ya no encuentran. Su pelo se mueve a una velocidad que nunca antes sintió y el ruido del viento no estaba en sus planes, y la sorprende, y su cuerpo solo acelera y acelera la caída a la velocidad del arrepentimiento y 2… 1…

Toc, toc.

Abro la puerta. Mi vecina del 12 E está parada frente a mí.

Le hago unos mates que ya no parecen lavados. Llama ella misma a no sé qué número. Me hacen las pruebas de coronavirus.

Di negativo. Su novio volvió. Tiempo después se separaron definitivamente, pero bien. Nos juntamos todas las noches a cenar. La cuarentena terminó. La empresa mejoró. Todos los días a las 21.30 saludamos a un chiquito genio que saluda a todos desde alguna ventana. Yo, prendiendo y apagando la luz. Ella, chiflando. Ajá. Sabe chiflar. Yo no sé chiflar.

OTROS CUENTOS DE FACUNDO ARANA

“Doctor Honoris Causa”

“De demencias y sauces. El pánico”

“Marisa”

“Una historia de cuarentena”

“Mi alma y Morfeo”

“Le monde”

“La historia de otro Virgilio Villa”

"Fragmento de Longino de Cesarea”

“Del 1 al 10″

“Candece”

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