Espectáculo

Linda Evans, de dar cátedra de estilo a dar lecciones de vida

Linda Evans (Fred Prouser/)

En el vuelo de regreso de Grecia a los Estados Unidos, Linda Evans no logra reprimir sus lágrimas. John Derek, su esposo, el hombre con el que compartió los últimos cinco años de su vida, acaba de dejarla por una adolescente a la que rebautizó Bo Derek. Lo quiere odiar, pero no puede. Lo quiere insultar, pero no le sale. No consigue condenar a ese hombre que tanto amó.

Ya en su país decidió enfocarse en su trabajo. Esperó unos días, acomodó sus cosas e intentó rearmarse. Acomodar fue fácil, desarmar una valija suele ser tedioso pero nunca complicado. Pero rearmarse le resultó imposible. Su cabeza le decía “estarás bien”, pero su corazón no terminaba de creerlo. Decidió llamar a su representante; seguro tendría un papel para ella. Alta, rubia, con un cuerpo armónico, sus ojos claros y sonrisa angelical era ideal para los roles de “buena chica americana”. Lo supo cuando con 23 años la llamaron para protagonizar Valle de Pasiones, un western que en 1965 revolucionó la pantalla.

Hasta ese momento los protagonistas indiscutidos de ese tipo de serie eran hombres recios que cabalgaban por las llanuras del oeste. Las mujeres ocupaban el rol de sufridas novias o abnegadas amas de casa. Pero en Valle… la protagonista era la viuda Victoria Barkley, que dirigía con mano de hierro su rancho, ayudada por sus cuatro hijos y la única hija mujer, Audra. En ese rol de hija, Linda se hizo conocida. Resultaba imposible no engancharse con esa joven que pasaba de cabalgar con su cabello al viento, sola y femenina, a revolear piñas en defensa de sus hermanos.

Aunque era una jovencita inexperta compartió set con Barbara Stanwyck. Barbara había sido una estrella de Hollywood que llegó a tener el mejor sueldo de la época, pero cumplidos los 50, la industria cinematográfica decidió que ya no había lugar para ella. Lejos de resignarse/rendirse, Bárbara decretó que si el cine le cerraba la puerta, ella abriría la ventana… de la televisión. Dueña de su destino logró protagonizar The Barbara Stanwyck Show, toda una rareza para la época. Ahora, a los 58 años, le llegaba ese personaje soñado de una matriarca poderosa.

Linda Evans, en "Valle de Pasiones" (Foto: @lindaevansofficial)
Linda Evans, en "Valle de Pasiones" (Foto: @lindaevansofficial)

La presencia y el oficio imponente de Barbara no rivalizaba con la juventud y belleza de Linda. Al contrario, lejos de competir en pantalla ambas se potenciaban. Linda encontró en su compañera no solo una mentora y un ejemplo: aunque parezca extraño, halló una esperanza. Si esa actriz que estaba más cerca de los 60 que de los 50 brillaba como brillaba, más que ejemplo era un camino.

Del otro lado del teléfono, su representante carraspeó. Linda movió su cabeza para volver al presente. Era 1974, había cumplido 32, y su esposo la había dejado por una adolescente de 15. Intentó seguir escuchando al hombre que estaba del otro lado de la línea, pero su cabeza voló sola a Grecia. Había viajado para acompañar a John, que iba a dirigir una película. Contaban con poco presupuesto así que la filmación duraría apenas unas semanas. La protagonista era una adolescente llamada Mary Cathleen Collins. Cuando se conocieron le impactó su belleza pero también su timidez. Los primeros días su marido se mostraba malhumorado ante la inexperiencia de la joven y ella no dudó en mediar. A un costado del set la animaba y le daba los mismos consejos que alguna vez Bárbara le dio a ella. Pronto se hicieron compinches. Un día escuchó que John, a Mary, la llamaba Bo. Le causó gracia. ¿Qué significaría Bo?

Su historia de amor con John había comenzado con sinsabores. Él andaba de capa caída porque su pareja, la imponente Úrsula Andress, lo había abandonado para irse con Jean Paul Belmondo. Pese a ese mal trago, se enamoraron, y hacía cinco años que estaban juntos. Se sentía segura de ese lazo, proyectaba tener hijos y envejecer junto a ese hombre. Pero en Grecia, ese sueño se hizo trizas. Volvió a su casa sola.

Su representante seguía hablando y en un momento dijo: “Farrah Fawcett”. Linda logró abstraerse de sus pensamientos y preguntar: “¿Farrah, qué pasa con ella?”. La conocía porque era la mujer de Lee Majors, uno de sus compañeros en Valle de Pasiones, una muchacha muy agradable y con pelo envidiable.

Ahora Farrah se había convertido sin querer en su rival. Era la elegida del poderoso productor Aaron Spelling para una nueva serie llamada Los Ángeles de Charly. Así que por el momento no había ofrecimientos para ella. Linda cortó y pensó: “¡Cartón lleno!”.

Siguieron unos cuantos años, con papeles menores. Estuvo en la película Avalancha y en algunos proyectos televisivos. Se ilusionó cuando la llamaron para protagonizar Hunter, pero luego de ocho episodios, la serie se canceló.

En 1980 le faltaban dos años para cumplir los 40 y las propuestas laborales eran nulas. Linda llegó a pensar que la suerte que la acompañó en sus inicios la había abandonado para siempre. Recordó que decidió ser actriz no tanto por vocación sino por necesidad y, sobre todo, casualidad. Una amiga le pidió que la acompañara a una audición, un productor la vio en un pasillo y le ofreció el papel. Ella aceptó sin vacilar. Su padre había muerto y necesitaba ayudar a su madre y a su hermana. Ser actriz parecía mucho más divertido que tomar pedidos en un local de comidas, así que aceptó. Pronto llegó Valle de Pasiones, iba camino al éxito, pero en su camino se cruzó primero Bo, luego Farrah, y chau estrella en el Paseo de la Fama.

Pero esta vez su representante tenía buenas noticias. Aaron Spelling la quería de protagonista de una nueva serie que se llamaría Dinastía. Linda aceptó sin dudar. Spelling era una máquina de hacer éxitos y esta serie seguro también lo sería. El comienzo no fue muy auspicioso. Se estrenó en enero de 1981 y en los primeros episodios la audiencia no se enganchó con los problemas de la multimillonaria familia Carrington; les parecía muy similar a la de Dallas. Para la segunda temporada, los guionistas decidieron un giro que cambiaría la historia y los transportaría sin escalas al megaéxito.

Hasta la irrupción de Linda Evans y Joan Collins, no era habitual ver a dos mujeres maduras como seres sensuales, sexuales, objeto de pasiones y dueñas de su deseo, lejos del rol de víctimas, esposas abnegadas o novias traicionadas

Joan Collins, una actriz británica, fue incorporada para interpretar a la malvada Alexis y rivalizar con Krystle, el papel de Linda. Ya desde su imagen se mostraba el duelo. Una era una morocha sensual y con aspecto de mala; la otra, una rubia armoniosa y con cara de ángel. Una era la típica malvada pero símbolo de la mujer hecha a sí misma, y la otra, una buena esposa cuyo rol era ser un decorativo florero. La genialidad es que ante las maldades de Alexis, Krystle -lejos de sufrir en silencio- se trenzaba en unas peleas antológicas con empujones y hasta una riña en una glamorosa piscina.

Aunque en el elenco estaban las jóvenes y sensuales Heather Locklear y Kathleen Beller, las que comenzaron a arrasar fueron Collins y Evans. En ese momento –y lamentablemente en este también- no era habitual ver a dos mujeres maduras protagonizar un programa y hacerlo como seres sensuales, sexuales, objeto de pasiones y dueñas de su deseo, lejos del rol de víctimas, esposas abnegadas o novias traicionadas.

Ese era uno de los elementos y quizá el principal atractivo de esta serie. Ver a estas dos mujeres finas, glamorosas, vestidas y maquilladas siempre como para asistir al baile de la rosa en Mónaco, sacarse los ojos a pura ironía, sarcasmo y también algún empujón, con tal de conseguir su objetivo. No eran víctimas de las circunstancias sino protagonistas de su vida. La serie mostraba que esas dos beldades podrían ser millonarias, pero al momento de pelearse eran unas conventilleras. En suma, que los ricos son humanos. Esas peleas antológicas hoy serían imposibles; el único que lograba apaciguarlas era Blake, cual macho alfa que la hembra obedece.

Joan Collins era más talentosa, Linda no era tan buena, pero lo que no tenía de capacidad actoral lo suplía con una elegancia natural y atractiva. Se convirtieron en influencer. Traje que lucían, traje que las mujeres querían tener. Impusieron sus peinados, sus vestidos con hombreras enormes; hasta se creó una línea de ropa con el nombre de la serie que se vendía en las grandes tiendas.

Sin querer Linda resignificó todo lo aprendido cuando era una jovencita con su querida Barbara Stanwyck. Era ella y su compañera las que ahora demostraban que la madurez no es el inicio de la decadencia de la mujer sino de una época donde lo que se pierde de lozanía en la piel se gana en seguridad y plenitud. Verlas altivas, desafiantes y bien plantadas era un placer pero también una demostración. Su presencia era tan fuerte y su éxito tan grande que The New York Times aseguró que inauguraron la categoría menopausic sex symbols; suena extraño pero era un verdadero elogio.

Joan Collins, en "Dinastía"
Joan Collins, en "Dinastía"

Durante nueve años Linda y Joan rivalizaron en pantalla, pero fuera del set forjaron una amistad única e indestructible. Linda se divertía a carcajadas cuando Joan le contaba que todos querían que fuera la sucesora de Elizabeth Taylor, pero ella prefería ser la chica más loca de Hollywood. También le contó su romance con Warren Beatty y con uno de los hijos del dictador dominicano Rafael Trujillo. En 1989, luego de una notable baja de audiencias y ciertos giros en la trama que ya eran inverosímiles –un ejército de guerrilleros comunistas atacaba a los Carrington en una boda-, la serie llegó a su fin.

Con la grabación del último capítulo, Linda se tomó unos meses de descanso. Pero luego comenzó a entrar en un período de melancolía que se convirtió en una fuerte depresión. A eso se le sumaron dolores de espalda muy intensos y fue operada en tres ocasiones. La situación se complicó todavía más cuando en 2014 se difundió un video donde se veía a la a la Policía deteniéndola después de que condujera su auto haciendo eses. La actriz explicó que las pastillas que tomaba contra el dolor le generaban esa confusión.

Esa mujer que fue modelo de estilo decidió darle sentido a tanto dolor atravesado. En 2016 se deshizo de su imagen glamorosa y en un programa de televisión contó que sufrió depresiones, dolores crónicos de espalda y que perdió el pelo a causa de los fuertes medicamentos. “Esto es una peluca”, dijo, señalando su pelo corto. “Soy una luchadora”, añadió, sonriendo.

A los 78 años dirige una web en la que habla de temas como envejecer con salud, la alimentación, y cuestiones espirituales. Sigue dando cátedra, ya no de estilo pero sí de vida.

Linda Evans (Foto: REUTERS/Fred Prouser)
Linda Evans (Foto: REUTERS/Fred Prouser) (Fred Prouser/)

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