Espectáculo

Mauricio Dayub, el hombre éxito del teatro: “En la tele siempre me llamaron para tapar agujeros”

Si algo le faltaba a Mauricio Dayub era escribir un libro de cuentos. Actor y autor, creador y director, gestor cultural y teatrista de corazón, acaba de publicar Alguien como vos, un trabajo en el que abre la puerta de su pasado en un ejercicio personal y a la vez, colectivo. De alguna manera, esas historias funcionan como una precuela de El amateur y El equilibrista, las obras unipersonales que lo consagraron definitivamente en la escena teatral, que le valieron un Konex de Platino, y que le siguen dando satisfacciones y abriendo fronteras que jamás imaginó.

En diálogo con Teleshow, Dayub confiesa que lo sorprendió la manera en que esos relatos brotaron en su cabeza y en su pluma. Y casi sin querer, se dio cuenta de que allí tenía un libro que hablaba de los primeros años de su vida, esas situaciones fundacionales que vivió en Paraná, que permanecían presentes en su memoria a pesar del paso del tiempo. “Fueron tan significativos en mi vida, forjaron tanto mi personalidad, que nunca los había olvidado”, asegura el actor.

Cada relato supone una edad, una experiencia personal que busca empatizar con los lectores. Y mientras repasaba su infancia, a los 62 años se dio el gusto de asumir otro desafío: el de dirigir una gran apuesta teatral como Inmaduros, con los protagónicos de Adrián Suar y Diego Peretti, un gran elenco y un teatro como El Nacional. Una decisión que le costó tomar, y que también relaciona con sus inicios en la actuación, cuando juntó coraje para decirle a sus padres que no iba a seguir los mandatos familiares y que el profesional con el que soñaban no iba a ser posible. Un camino de esfuerzos y satisfacciones, tan parecida y diferente a tantas otras, que tiene un comienzo que decidió narrar en forma de cuentos.

Mauricio Dayub presenta su libro de cuentos Alguien como vos

—El libro está organizado por etapas, son como los hitos en tu vida.

—Sí, son siete capítulos de siete momentos que seguramente les han pasado a todos, por eso se llama Alguien como vos. Lo curioso es la forma en que me ocurrieron, porque son historias relacionadas con cosas comunes a todos, pero hechos muy singulares e inolvidables para mí. Y la pandemia me dio el tiempo para escribirlos.

—¿Cómo es escribir sobre la vida de uno?

—Es un momento atesorado porque es algo que uno tiene adentro pero que al volcarlo produce muchas cosas, porque una cosa es sentir y otra cosa es leerlo y de algún modo, revivirlo. Al escribirlo yo revivía, y recordaba más cosas de las que creía que recordaba.

—Volviste al club, volviste al colegio…

—Y a valorar un montón de cosas que no sabía que tenía y que nos pertenecen. Yo sé que todos tenemos esos momentos.

—¿A los dolores también se vuelve? “Sentí exactamente en la boca del estómago el invisible dolor de crecer”, dice en la solapa.

—Sí. Eso me pasó en una pensión cuando estudiaba Ciencias Económicas una noche previa a rendir que siempre me traía tantos problemas, porque no me gustaba lo que estudiaba. Y sabía que me esperaba mi madre preguntándome: “¿Cómo te fue?”, una y otra vez. Tenía que decidirme a cambiar, a escuchar a mi corazón. No perder el equilibrio, como cuento en El equilibrista, dejar de hacer lo que los demás organizaban para mí. Es algo complejo, pero cuando uno lo asume todo empieza a fluir.

—¿Sabés en qué momento lo asumiste?

—Sí. Todos me decían en ese momento que yo era un tipo muy equilibrado, muy serio. Pero yo no sentía eso, no me iba bien. Y me di cuenta de que si no lo hacía en ese momento, eso iba a quedar para siempre en mí, que nunca iba a saber cómo era yo ni qué quería. Era muy raro hace 40 años decir “quiero ser actor”. Ahora hay teatro en las escuelas.

—Además, con papás o mamás que querían que fuéramos profesionales.

—Exactamente. Éramos cinco hermanos y ese era el deseo de mi mamá: los cinco estudiábamos una carrera universitaria. Y yo elegí la que no habían elegido mis hermanos. Y fue duro contarle a mi mamá, porque fui el primero que desistió de mis hermanos, pero abrí camino, porque detrás mío desistieron dos más. Mi papá estuvo muy bien porque me dijo que, si yo me tomaba en serio lo que iba a emprender, él me iba a seguir ayudando del mismo modo que si cumplía el sueño de él.

—¿Cuándo ganaste hace muy poquito el Konex de Platino apareció esa frase?

—En esos momentos aparece todo. Es increíble, es como si una nube entrara en la cabeza y esos momentos muy decisivos vienen todos los recuerdos juntos. Sobre todo, los del comienzo. Pero de todos modos y más allá del éxito, siempre valoro haberla emprendido porque, aunque no hubiera tenido suerte, hubiera terminado mis días haciendo lo que a mí me gustaba.

—¿Cómo encontraste dentro de la pandemia este espacio para escribir?

—Yo sentía que afuera estaba todo mal, pero adentro venía muy bien. Ese tiempo de repensarse a uno mismo, de mirar a los que están en casa, de pensar un poco en los demás, en que todos nos pensemos como un universo y no tan divididos. Me parecía que nos hacía falta. Y escribir fue también un aliciente porque me levantaba todas las mañanas con un objetivo que estaba muy bueno. Y después tomaba conciencia que, a medida que pasaban los días y los teatros seguían cerrados y los ingresos no venían y a mucha gente se les terminaba, y al que lo había agarrado mal parado la pandemia lo destrozaba, escribir empezó a ser también una actividad muy bella.

—A mí me pasaron dos cosas con la pandemia. Por un lado, entender un lugar de privilegio muy importante, pero también un pensar que íbamos a salir mejores como sociedad. Y eso no pasó, y hoy estamos viendo una guerra.

—Una vez leí que en los momentos límites de la vida los buenos se hacen más buenos pero los malos se hacen más malos. Y yo creo que algo de eso pasó. Una gran porción de la humanidad pudo percibir al otro, darse cuenta de que vivimos en comunidad, que no estamos solos, que necesitamos de los demás, y muchos otros que ya no venían en esa línea, extremaron su ambición.

—En nuestro país también, al principio parecía que nos acercábamos, que todos queríamos lo mismo. Y no paramos de pelearnos.

—Sí, y no cambia. Cada vez es más difícil sentirse representado por la política porque la política no tiene en cuenta el bien común. Y generalmente no elegimos al mejor sino al menos malo.

—¿Qué pasaba con el teatro? Vos administrás el Chacarerean, no fueron años fáciles para la cultura.

—No, fue complejo. Tuve la suerte de venir de dos años muy buenos con el teatro no solo a nivel personal sino con la programación del Chacarerean y eso hizo que estuviéramos más o menos cubiertos. También tuvimos la sensibilidad del dueño del espacio, Néstor Marroni, que generosamente disminuía el alquiler mientras no podíamos generar costos. El Estado, que sostenía el 50% de los sueldos. Pero todo el tiempo nos preguntábamos cuántos meses faltaban. Un teatro independiente en general no junta resto como para tanto, pero los teatreros estamos habituados a pilotear barcos en altamar.

—¿En las buenas se guarda por si vienen las malas o se entrega a la providencia y algo bueno sucederá?

—En ese sentido no sé si puedo ser un buen ejemplo porque casi siempre he tenido como estrategia liquidar todo para que algo aparezca y sostenga. Cuando era estudiante, prefería gastar lo poco que tenía, quedarme en la calle, y ese estar en la nada hacía que otro se sensibilizara o que yo mismo agudizara mi imaginación para que me entrara un peso y empezar a trabajar. Estaba dispuesto a hacer cosas para las que tal vez no estaba del todo capacitado: arreglé techos, pinté departamentos, vendí en los colectivos, atendí un stand en la Feria de las Naciones, fui asistente de filmaciones. Estaba a merced de lo que pudiera juntar para vivir.

—De esa incertidumbre a este presente lleno de logros. Empiezo con El equilibrista, que anda por las 500 funciones y que no para de crecer.

—Es un espectáculo que me sorprende todo el tiempo. Estoy por viajar a Madrid a hacerlo allá, tengo función en Tel Aviv y se agotaron las entradas en tres días. Vengo de hacer seis meses en el Maipo, un teatro emblemático. Cuando llegué a esta ciudad a los 13 años le dije a mi padrino que quería ir al teatro y él me llevó al Maipo a ver a Gasalla. Y en una de estas primeras funciones, vi el palco donde estuve sentado con mi padrino la primera vez y sentí algo tan hermoso del paso del tiempo y el logro de los objetivos. Porque El equilibrista es también la suma de muchas otras cosas que hice antes. Dicen que el éxito llega cuando se unen en una esquina la preparación y la oportunidad, digamos; eso lo generó El equilibrista.

—Habías hecho también cosas súper exitosas, sin embargo, algo pasó con El equilibrista. Hay algo muy tuyo, me parece.

—Sí, algo que yo necesitaba pero que no sabía que los demás también. Necesitaba resignificar mi vida, redignificar mi vida, celebrarme un poco después de muchos años de ser fiel a una vocación. Hice un espectáculo para darme un gusto personal y coincidí con el público, que también estaba necesitando valer por sí mismo.

—Y un teatro también al que le fuiste muy leal, porque siempre lo priorizaste por sobre la tele, por ejemplo.

—Sí, pero no por una elección personal. A mí me gusta mucho hacer tele y he disfrutado mucho el tiempo que la hice y no la cuestiono para nada. Pero siempre me llamaron para tapar agujeros, para hacer roles que no me representaban. Y los tenía que hacer para poder hacer el teatro que me gustaba.

—Y llegó también la dirección de Inmaduros, sin tenerte a vos en escena.

—Sí. En el primer llamado le dije al productor que no lo iba a hacer. Eran dos grandes actores, dirigir un elenco en un súper teatro. Como siempre hice obras de dos personajes o unipersonales, no sabía si estaba del todo capacitado para hacerlo y le pedí un tiempo para pensarlo. En eso me llamó mi representante, Pedro Rozón, que se había enterado, para decirme que no tenía nada que pensar, que tenía que hacer un éxito. Yo lo respeto mucho a Pedro y es un tipo con mucha experiencia y conoce muy bien a los dos actores. Y hoy le agradezco ese llamado porque fue una experiencia extraordinaria para mí. Trabajé muy bien haciendo el teatro que a mí me gusta, de la forma que a mí me gusta y en forma colectiva, escuchando a todos y guiándonos por una intuición

—Mientras me contabas lo de Pedro automáticamente pensé en aquella charla con tu papá: “Hacelo, pero hacelo bien”.

—Sí. No lo había asociado, pero siempre que hablo con Pedro le digo que es como hablar con mi viejo. Privilegia la forma, el respeto, la dedicación. Nunca decidimos por otras razones. Y eso ya no se comparte con mucha gente porque la velocidad de la vida que llevamos hace que tomemos decisiones por muchos otros motivos.

Mauricio Dayub El Equilibrista
Mauricio Dayub, en El equilibrista (Diego Frangi/)

—¿Cómo está tu paternidad?

—Muy bien. Ahora te diría que con mucha más experiencia: tengo 9 años de padre ya, puedo hablar con mucho conocimiento.

—¿Es verdad que alguna vez te pude encontrar vendiendo fotos por la calle con tu hijo?

—Sí. Le habían regalado una cámara que revelaba al instante y me dijo: “Papá, quiero salir a hacer fotos a la calle”. Nosotros vivimos en Palermo y hay mucha gente, hay bares en la esquina, y él se puso un cartelito que decía fotos reveladas 100 pesos. No se animaba entonces me decía: “Llévalo vos al cartel”. “No”, le digo, “yo no, Rafa”. Pero viste que por un hijo uno hace cualquier cosa. Entonces decidí que nos sentáramos en la esquina en una especie de pilar que hay que bordea un árbol para poner el cartel ahí y no tenerlo yo, así. Él con la cámara esperaba que viniera gente. Entonces me decía: “Ahí viene uno”. “Bueno, decile, vos sos el fotógrafo”. “No, no, decile vos”. Le hemos hecho fotos a todos los productores de la zona, a todos los dueños de restaurantes, y no sabés con la seriedad que les sacaba la foto y encuadraba y buscaba y hasta que le cobraba. Y algunos no tenían cambio y hacía su negocio (risas).

—¿Qué le dice hoy este Mauricio al chiquito de Paraná?

—Que tenga fe siempre. Que confíe y que haga lo que le dice su corazón. Yo creo que es así la vida siempre, sin esperar el resultado. Sin pensar que se le tiene que dar rápido ni que tiene que ver los beneficios inmediatamente después de hacer las cosas.

—Salió bien, ¿no?

—Salió muy bien. Salió mejor de lo que yo me podía imaginar.

—Escribiste un libro, sos papá de Rafa. ¿Plantaste el árbol o hablamos con algún vivero?

—Sí, planté, pero hace unos días la tormenta volteó una rama muy grande…

—¿Pero está ahí, firme?

—Sí, está firme. Solo es para que no me olvide que los dioses odian la perfección. Cada tanto hay que desafinar un poquito para que no se venguen (risas).

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