Espectáculo

Redford y Newman, la inquebrantable amistad y desopilantes bromas de los que fueron los hombres más hermosos del mundo

Paul Newman y Robert Redford (Crédito: Moviestore / Shutterstock) (Moviestore/Shutterstock/)

Imagine el lector esta escena. Uno de los actores más famosos, estrella indiscutida de Hollywood cumple años. Ese día, mientras desayuna, se asoma por la ventana y ve en el magnífico jardín, de su magnífica residencia, un Porsche estacionado con una gigantesca tarjeta que dice “Feliz 50”. El obsequio es increíble excepto porque se encuentra en el estado que los seguros llaman “destrucción total”. El actor no para de reír, sus ojos brillan, se mete dentro de su casa y disca un número.

Días después, otro de los actores más famosos, estrella indiscutida de Hollywood encuentra en el jardín de su mansión un paquete envuelto primorosamente, tan pesado que hunde el suelo. Se acerca, rompe el papel. Le acaban de dejar un Porsche compactado. Divertido se mete en su casa y llama a un conocido.

Semanas después de su cumpleaños, el actor mira por la ventana. En el impoluto pasto, rodeado de gardenias y rosales se levanta una escultura. No es de mármol ni de cemento. Está realizada… con un Porsche chocado y compactado. El actor lanza una carcajada divertida y da órdenes de que nadie saque el mamotreto. Toma el teléfono, llama a su mejor amigo y le pide que vaya a su casa, que desea mostrarle algo. El amigo acude y ve impertérrito la escultura. El dueño de casa le comenta que no sabe quién se la mandó pero intuya que es alguien “que sabe que soy el mejor”. El otro le comenta indiferente que también recibió un obsequio de alguien que seguramente “sabe que yo soy el mejor” que fue un regalo muy original, lástima que dejó un pozo en el jardín. Ajá, dice uno. Mirá vos, contesta el otro. Hablan de todo un poco, se despiden. Durante años, el amigo verá en la casa de su amigo la escultura. Uno jamás reconocerá que la mandó a hacer con un Porsche compactado. El otro jamás admitirá que encargó compactar y envolver un Porsche chocado. Esos amigos y actores son dos de los seres más hermosos que habitaron el planeta, los fabulosos Paul Newman y Robert Redford.

Robert Redford y Paul Newman (Crédito: Shutterstock)
Robert Redford y Paul Newman (Crédito: Shutterstock) (Alan Berliner/BEI/Shutterstock/)

Se conocieron en 1969. El director Roy Hill convocó a Newman para filmar Butch Cassidy and the Sundance Kid, las aventuras de unos legendarios ladrones. Newman ya era un actor conocido y respetado por todos. Formado en la Escuela de Arte Dramático de Yale y del Actor’s Studio de Nueva York, su primer éxito le llegó en 1956 con la película Marcado por el odio. Siguió protagonizando una y hasta dos películas por año como Éxodo, La leyenda del indomable, El buscavidas y Dulce pájaro de la juventud. Versátil se animó a colocarse detrás de cámaras y dirigió historias como Rachel Rachel. Pero además de ser actor, director, involucrarse en causas benéficas y políticas; Newman era dueño de una belleza irresistible de esas que hacen palidecer al mismísimo Adonis. En esta foto el lector puede comprobarlo.

Paul Newman en 1957 (Crédito: Shutterstock)
Paul Newman en 1957 (Crédito: Shutterstock) (Mgm/Kobal/Shutterstock/)

Convocado por Roy Hill, Newman aceptó. Como coprotagonista, el estudio quería a Steve McQueen, pero Newman propuso a un tal Robert Redford.

Redford no solo tenía 11 años menos, también contaba con una carrera menos afianzada. Había actuado en series televisivas, algunas películas y el año anterior había protagonizado Descalzos en el parque. El estudio dijo que no lo quería, pero la estrella principal se plantó. No solo eso. En una muestra de generosidad y humildad poco frecuentes, pidió cambiar el papel de Sundance que ya le habían asignado por el de Butch donde su compañero se luciría más. El estudio aceptó pero exigió cambiar el orden del nombre de los personajes en el título (en la versión original es Butch Cassidy and The Sundance Kid). El de Paul sí o sí iría primero.

Robert Redford en 1966 (Crédito: Shutterstock)
Robert Redford en 1966 (Crédito: Shutterstock) (Snap/Shutterstock/)

La filmación parió uno de los mejores westerns de la historia y una amistad entrañable. Paul nunca vio en Redford a un rival sino un par. Redford nunca vio en Newman a un enemigo sino a un guía. No competían, se complementaban y eso se disfrutó en pantalla. Sus personajes, como ellos, eran dos tipos rebeldes, libres, que gozaban y no padecían la vida. Algún lector dirá “Bueno si tengo la mitad de la facha y fortuna de estos tipos también disfrutaría”, pero la mayoría de las historias que contamos en esta sección demuestran lo contrario.

Las grabaciones eran una verdadera fiesta. Lo que podía transformarse en una guerra de egos fue solo complicidad y disfrute. Apenas terminaban sus escenas se juntaban a compartir una cerveza. Sus carcajadas se escuchaban por todo el lugar y eso que la grabación no estuvo exenta de problemas. Mientras filmaban en México, el equipo bebió agua contaminada y enfermó de diarrea, excepto los dos protagonistas porque solo tomaban gaseosas y… cerveza. Esto provocó innumerables chistes y una situación que pintaba escatológica se convirtió en anécdota.

Cuando la película se estrenó, el público amó la historia de esos dos ladrones que asaltaban bancos, robaban ganado, paseaban con su novia en bicicleta, sin lastimar inocentes ni perder jamás su indescriptible atractivo. Daban ganas de proteger a esos ladronzuelos, siempre y cuando tuvieran la simpatía y el carisma de Newman y Redford.

Robert Redford y Paul Newman en "Butch Cassidy and The Sundance Kid", en 1969 (Crédito: Shutterstock)
Robert Redford y Paul Newman en "Butch Cassidy and The Sundance Kid", en 1969 (Crédito: Shutterstock) (20th Century Fox/Campanile Productions/Newman-Foreman Company/Kobal/Shutterstock/)

El público dejó cien millones de dólares en las boleterias. La película obtuvo cuatro nominaciones a los premios Oscar y logró eso que consiguen solo las verdaderas joyitas: trascender en el tiempo y seguir atrapando como el primer día. El espectador no puede menos que querer a esos dos tipos que a punto de recibir una lluvia de balas se miran y dicen: “Por un momento pensé que estábamos en apuros”. Como tampoco no puede menos que rendirse ante la complicidad de esos actores, que cuando miran a cámara derriten la pantalla.

Redford siempre admitía que le debía gran parte de su carrera a Newman, por eso bautizó a su mítico festival como Sundance. Ambos amaban actuar y honraban su profesión no por sus beneficios colaterales como la fama y el dinero sino como una verdadera vocación.

Los dos sabían que eran de las personas más bellas del mundo y en vez de usar ese don para competir y fagocitarse lo usaron para reírse y disfrutar. Se convirtieron en parientes sin ser parientes. Los hijos de Paul llamaban tío a Redford y ambos fantaseaban con que alguno de ellos se enamorara para ser consuegros. Compraron una casa de verano en Connecticut, separadas apenas por kilómetro y medio, para verse con cotidianeidad y filmaron otra película tan entrañable como la primera, El golpe.

Robert Redford y Paul Newman en "El Golpe" (Crédito: Moviestore / Shutterstock)
Robert Redford y Paul Newman en "El Golpe" (Crédito: Moviestore / Shutterstock) (Moviestore/Shutterstock/)

La amistad estaba llena de bromas, algunas legendarias. La más conocida es la del comienzo de esta nota. Otra, la vez que Redford le envió a su amigo una caja con 150 rollos de papel higiénico que Newman devolvió impresos con la cara de Redford. Paul era famoso por contar chistes malísimos pero reírse como si fueran buenísimos. Su amigo no podía menos que acompañarlo en la risa porque “el hecho de verlo disfrutando tanto hace que te olvides del chiste y solamente te rías porque quedaste atrapado en el disfrute”.

Estaban en las buenas y también en las malas. Cuando la hija de Redford aatravesó una profunda depresión luego de ver morir a su novio asesinado por el mejor amigo ahí estaba Newman también cuando James, otro de sus hijos recibió un trasplante de hígado. En 1978, la vida de Newman se vino abajo. Su único hijo, Scott, de 28 años, murió de una sobredosis accidental de drogas y alcohol. Fue Redford quien lo ayudó a no caer en la locura y el primero que lo alentó para abrir el Scott Newman Center, para prevenir el consumo de drogas.

En 1981, Redford fundó el Festival de Cine de Sundance. Su nombre fue un reconocimiento a esa lejana película de dos ladronzuelos convertidos en héroes y amigos. Pero la vida pasa para todos, incluso para las grandes estrellas de Hollywood. En 2007, con más de 60 películas en su carrera que le valieron un Oscar Honorífico en 1985, Paul Newman enfermó de cáncer. Tiempo antes, Redford lo había invitado a participar en su película A walk in the Woods, que acá por esos vericuetos del destino se llamó Grandes amigos. Un debilitado Paul le dijo que no podía hacerlo.

Paul Newman y Robert Redford en el 2004 (Crédito: Shutterstock)
Paul Newman y Robert Redford en el 2004 (Crédito: Shutterstock) (Matt Baron/BEI/Shutterstock/)

La muerte encontró a Newman no como ella quería sino como él deseaba. Murió el 26 de septiembre de 2008, en su casa y sostenido de la mano por Joane Woodward, su compañera por cinco décadas. Julia Roberts dijo “No solo fue un colega, sino también un ejemplo personal. Era mi héroe”, Meryl Streep expresó: “Le echaré de menos, todos lo echaremos de menos, no hay otro como él”. Martín Scorsese reflexionó acerca de su figura: "¿La historia del cine sin Paul Newman? Es impensable. Su presencia, su atractivo, la complejidad emocional que él podía transmitir a través de su actuación… ¿dónde estarían sin él?

Todos esperaban la palabra de Redford. "Hay momentos en los cuales los sentimientos no pueden traducirse en palabras. He perdido a un verdadero amigo. Con su presencia, él mejoró mi vida y a este país". Redford quedó devastado. Pero siguió visitando a Joanne con frecuencia, jamás dejó de hacerlo aunque ella haya perdido trágicamente su memoria debido a la enfermedad de Alzheimer.

Cuando murió Newman, Sally Field dijo “A veces Dios crea a gente perfecta y Paul era uno de ellos". Parafraseándola “A veces Dios crea amistades perfectas y La de estos dos era una de ellas".

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