Espectáculo

Ricardo Tapia, de La Mississippi: “La Argentina es un país hermosísimo pero pasan los años y es muy difícil de vivirla”

La Mississippi está de festejo y este sábado 21 llega a su función número 100 en La Trastienda. El show se verá en vivo y en directo por streaming, a través de Infobae. “Aunque toques en teatros, en Luna Parks y todo eso, tenés tu casa. En nuestro caso es La Trastienda y para nosotros es importantísimo llegar a estas 100 porque es como estar en el living de casa. Y la gente también lo siente así”, le dice el cantante Ricardo Tapia a Teleshow en la previa a este recital.

Los íconos del blues argentino tienen entre manos un nuevo disco que están cocinando lentamente y del cual ya presentaron cuatro adelantos en los últimos meses. Pero no hay ansiedad por terminarlo, sino más bien todo lo contrario. “Es un disco abierto porque tenemos la idea de sacarlo este año pero yo lo que le digo a la gente es que lo vaya siguiendo, porque yo no sé cuándo lo cerraremos, exactamente. Nos vamos a España en septiembre, octubre y van a haber invitados… Todo eso había quedado stand by en 2020: habíamos hablado para invitarlos a Javier Vargas, Raimundo Amador… Ahora estamos reflotando eso y pedirle a ellos que graben. El disco va a seguir componiéndose, creo que va haber cinco temas más, como máximo”, explica el compositor.

“Cuando componemos, lo primero en lo que pensamos es cómo vamos a tocar. Es raro, pero pensamos qué vamos a usar y qué no: estos platos, este tambor, tales cuerdas, tal instrumento, este equipo… Con eso que elegimos hacemos una jam y vemos cómo sonamos. Entonces, componemos con el sonido que elegimos. Y de ahí en más, empezamos a moldear las canciones con el sonido: el sonido nos lleva a decir cosas”, dice Tapia sobre el método Mississippi. “Este disco es más minimalista porque el bajo es acústico, hay guitarrón, yo toco una guitarra dobro o acústica. Gustavo Ginoi toca una guitarra de caja, el Negro Tordó toca la batería con dos micrófonos, cuando siempre se usan 9 o 10. Estuvimos haciendo una estrategia de sonido muy linda, tipo años 60s”, cuenta.

—¿Qué desafíos se plantea una banda como La Mississippi a la hora de seguir creando?

—Uno puede crear a partir de parámetros que ya existen, eso está bueno. Porque la creación no se detiene nunca, aunque tengas un parámetro establecido de música. El rock, el blues, la música negra en general, ya es un folclore en el mundo… Ocupa el espacio que tenían los folklores antes: el rock acá, por ejemplo, ocupa el lugar que tenía el tango, es para gente grande. Y la música cambió mucho en los últimos años. Cambió mucho la percepción de lo que nosotros concebíamos como música, ¿no? Dejó de tener un cuerpo físico, un disco o una cosa donde asentarse y mirarla y disfrutarla… Y empezó a estar en la nube, que no es una nube, tampoco. Estamos hablando de una distopía muy curiosa con respecto a la cultura. Y a mí me gusta crear desde ciertos mecanismos que conozco, me doy cuenta de que se puede seguir creando infinitamente. Lo que es muy diferente a copiar, a simular. Pero vivimos en un mundo donde hay muchísimas bandas tributo, qué pasó de ser un tributo, digamos honesto y respetuoso, a veces a ser payasesco. Eso también es parte de nuestra cultura, en la que a mucha gente se le ocurren pocas cosas o a poca gente se le ocurre algunas cosas.

La Mississippi llega a su show número 100 en La Trastienda y será transmitido por Infobae

—Y en un punto, el rock se volvió contracultural, parece una epopeya mantener una banda.

—Sí, el rock perdió espacio los medios y perdió radiabilidad. La gente, probablemente, tiene más ganas de escuchar algo que lo ayude más a pasar el día, algo que le pegué en la cabeza. Me parece que eso tiene un poco que ver con que estamos bastante saturados de información musical. Y también me parece que vamos navegando en un mundo bastante confuso que no hace pie. Estamos todos pensando en lo que va a venir, pero hay algo importante en lo que no pensamos y es: “¿Qué queda? ¿Qué es lo que queda atrás nuestro? ¿Qué es lo que está con nosotros todos los días?” Nunca hablamos de eso. Y eso no cambia nunca: a la gente le siguen cortando la luz, las calles no tienen asfalto, las soluciones de fondo no están. Pero hay un montón de promesas a futuro de cosas que nos van llevando en el aire. Yo siempre veo qué queda y a veces queda lo mismo que había hace 20 años. De eso uno habla, a veces, en las letras. De que las cosas parece que cambian para no cambiar nunca.

—En estos 33 años, ¿alguna vez pusieron sobre la mesa la separación o un parate prolongado? ¿Se cansaron de La Mississippi?

—Muchas veces nos hemos cansado del contexto, no de nosotros. El contexto no ayuda, es difícil: la Argentina es un país hermosísimo pero te encontrás con que pasan los años y es muy difícil de vivirla… Y eso va más allá de cualquier ideología. Cuando te encontrás que hay países en que la leche sale lo mismo hace 25 años y qué no es magia, sino cuestión de sistemas económicos, tiene que ver con muchas cosas que tenemos que aprender como país. Entonces sí, hay momentos que decís: “Che, qué jodido que está para tocar”. Y tenés que aflojar un poco… Durante muchos años nos ha pasado a todos los músicos argentinos. No de dudar de lo que hacemos, pero sí de dudar que en el contexto en el que estás puedas seguir haciéndolo. Nosotros siempre encontramos una vuelta para seguir adelante y ser económicos en algunas cosas. Hay que tener planes. Una banda sin planes, sin proyección, es un tiburón que no nada, se va al fondo.

—Más allá de los planes, la música suele viajar más rápido que sus autores.

—Sí y lo que uno puede lograr con la música es tener una participación en la vida de los demás, interesante. Lograr que la canción sea parte de: “Esto me pasó, yo me casé con esta canción, esta canción la escuché cuando…”. A mí me gusta cuando la canción ya no es de uno, cuando se transforma en popular, cuando la gente la canta como quiere. A veces me tomo el atrevimiento de escuchar cómo lo canta otro y la canto como la cantan otros a mis canciones. La otra vez la gente del Quinteto Negro de La Boca, qué son unos tangueros anarquistas, me dijeron: “Che, grabamos ‘Piso de madera’, esto tiene un tango adentro”. Y bueno, era un tango. Entonces, descubrí una canción que yo había hecho, de otra forma. Eso es lo más lindo que puede pasarle a una persona a ese nivel. Una vez estaba en la famosa fila de SADAIC que se hacía antes, donde nacieron discos, participaciones, de todo… Hacíamos horas de fila ahí para cobrar. Y tuve el gusto de charlar con (Juan Carlos) Saravia, que estaba ahí dando vueltas. Me presenté y me dice algo sobre la música, cuando uno tiene éxito con una canción. Uno no se tiene que preguntar por qué la gente elige tu canción. No tiene sentido. Si la eligen, está bárbaro. Es así, es parte de lo que la gente elige. Es un misterio. Porque a veces ni siquiera la promoción de la canción hace que sea un éxito. El tiempo lo hace. Ahora pueden haber canciones que son exitosas, pero todavía seguimos cantando canciones que son exitosas hace 50 años.

La Mississippi
La Mississippi

—¿Cuáles son las cosas que, por fuera de lo musical, te inspiran para componer?

—La literatura me sirvió muchísimo para darme cuenta de que uno puede decir lo mismo de 50 formas diferentes. De eso se trata la música: la canción popular es hablar del amor, por ejemplo. ¿Cuántas canciones de amor hay en el mundo? Hay un montón de formas diferentes de decir lo mismo, pero depende de tu artística. Y, por otro lado, yo soy muy amante de los locutores. Aprendí más de la radio que de los cantantes: Héctor Larrea, Antonio Carrizo, Rubén Aldao… Aprendí mucho de cómo decir, de lo narrativo. Me interesa más narrar la canción que cantarla. Es interesantísimo aprender a contar una canción y no cantar partes que están equivocadas. Eso tiene mucho que ver con lo popular. Narrar es parte de la cultura popular, hay que pensar un poquito más en eso cuando uno hace canciones. El blues argentino tiene grandes autores en cuanto a eso: Los Manal hacían eso, Adrián Otero era un narrador de historias geniales y fuera del escenario, era un contador de historias, un tipo genial.

—Recién hablabas de que estábamos saturados de información musical y en una de las canciones nuevas, “Nadie sabe nada”, llevás eso a un plano más general: “No hay nadie que te diga una palabra honesta”, decís.

—Es una canción del mundo actual, con esta parafernalia de que todos saben todo, porque todos estamos híper informados. Nos pasó con la pandemia, que nadie sabía para qué lado correr. Cuesta encontrar honestidad y a veces capaz que no le crees a tu vecino, o a tu mejor amigo, o a tu conviviente, pero le crees a alguien que no conoces. Hay un apocalipsis de la información. De golpe la tecnología se disparó para un lugar que es la información. Fue raro, nadie esperaba que fuera tan así. ¿Y tocar blues en este mundo que es? Es recrear el espacio interno que tenemos cada uno. Yo creo que la subversión del futuro es desenchufar todo y leer libros y tener la experiencia de la naturaleza. Ser humano con todos los errores, olores y problemas que tiene un humano va a ser subversivo, lo más creativo y lindo que vamos a poder vivir. Yo cada vez voy más camino a desenchufarme de cosas y disfrutar: volví a pintar, a hacer cosas que hacía antes y el tiempo de vida de uno es limitado. Y como bien decía Séneca, es algo que no se puede restaurar ni queriendo.

—Hablando de desenchufarse, te fuiste a vivir a Bragado, en la provincia de Buenos Aires.

—Sí, ya la conocíamos porque mi esposa Celina nació en esa ciudad, entonces íbamos a visitar familia y amigos. Pero mudarnos fue otra cosa. Hicimos un restart, nos fuimos a oler pasto, fue buscar estar todos los días estar en esa tranquilidad. Elegir andar en bici o ir caminando para ir a tal lugar. Son 30 cuadras por 25 y tenés todo tu mundo ahí. Y hay de todo en los pueblos, más vida social de la que uno se puede imaginar. En este momento de mi vida me hace muy bien, me sirve para pintar, para componer, para escribir, para todo lo que quiero hacer y no tener la urgencia de que alguien me esté golpeando la puerta. La distancia es un valor muy importante. Me encanta Buenos Aires pero la dinámica de la ciudad ya quería dejarla un poquito aparte, me estaba quemando la cabeza. Me gusta venir acá, nuclear el trabajo, que un día dure un día, disfrutarlo de otra manera y después volverme.

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